Fue un tiempo en que sin nombre
Se celebraba en el mundo el sacrificio fecundo
De la redención del hombre
En que se ignoraba el bien
que la humanidad lograba
Y en el que el Dios Hombre
vagaba en torno Jerusalén.
Un día en el que el redentor, cerca a la ciudad andando
Y cual siempre predicando
la caridad y el amor,
Sordo rumor popular sus
oídos llegó a herir,
Cual siempre llega a rugir
entre sus antros el mar.
Una
mujer acosada, por la turba perseguida,
La vista desvanecida, la
cabeza ensangrentada,
Llegó a postrarse al Señor.
¡Pobre entre tanto
enemigo, buscando amparo
Y abrigo a los pies del
redentor!
- ¿Qué hacéis, por qué intentáis castigar a esta mujer?
¿Cuán grave su culpa fue cuándo así la
amenazáis?
Miró Jesús a la impía,
alzó los ojos al cielo,
Cogió una piedra del suelo
que cerca de sí tenía
Y dijo calmando la
tempestad con su acento:
- Dad le el castigo al
momento que ella presiente temblando.
La justicia de la tierra
cumplid aunque es implacable.
¡Que el impecable tire la
primera piedra!
Los ojos no se miraron,
los brazos no se movieron,
Todas las bocas callaron,
todas las piedra cayeron.
Alzó la mujer la cien, la
turba se desbandó
Y Jesucristo siguió su
marcha a Jerusalén.

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